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El Bobo
September 09, 2009

EL BOBO

En un barrio de Puerto Rico en un pueblo rodeado de cerros habitaba un hombre trabajador, la gente del pueblo le llamaba así: "El Bobo", ¿y porqué le llamaban así?, ¿Qué acaso hacía cosas disparatadas, cosas raras, cosas diferentes a lo que hacen la mayoría de las personas, al menos en ese pueblo?. La gente al verlo pasar se reía y se burlaba de él, humildemente vestido, sin posesiones, sin una casa que se dijera de su propiedad, sin una esposa ni unos hijos; un desdichado, pensaba la gente, alguien que no beneficiaba a la sociedad, un inútil comentaban otros. Más he aquí que este viejo ocupaba su vida sembrando árboles frutales en todas partes donde pudiera, sembraba semillas de las cuales nunca vería ni las flores ni el fruto, y nadie le pagaba por ello y nadie se lo agradecía, nadie lo alentaba, por el contrario, era objeto de burla ante los demás. Y así pasaba su vida, poniendo semillas, plantando arbolitos ante la burla de los demás. Y he aquí que ese ser era un gran Espíritu de Luz, que poniendo la muestra de como se deben hacer las cosas, sembrando, siempre sembrando sin esperar a ver el fruto, sin esperar a saborearlo. Y sucedió que un día cabalgaba por esos rumbos el Gobernador de aquellos lugares, rodeado de su escolta y observaba lo que sucedía verdaderamente en su gobierno, para no escucharlo a través de la boca de sus ayudantes. Al pasar por aquel lugar y al encontrarse al Bobo le preguntó: ¿Qué haces, buen hombre? Y el viejo le respondió: Sembrando Señor, sembrando. Nuevamente inquirió el Gobernador: Pero, ¿cómo es que siembras?. Estás viejo y cansado, y seguramente no verás siquiera el árbol cuando crezca. ¿Para qué siembras entonces? A lo que el viejo contesto: Señor, otros sembraron y he comido, es tiempo de que yo siembre para que otros coman. El Gobernador quedo admirado de la sabiduría de aquel hombre al que llamaban Bobo, y nuevamente le preguntó: Pero no verás los frutos, y aun sabiendo eso continuas sembrando... Por ello te regalaré una moneda de oro, por esa gran lección que me has dado. El Gobernador llamo a uno de sus guardias para que trajese una pequeña bolsa con monedas de oro y se las entregó al sembrador. El sembrador respondió: Ves, Señor, como ya mi semilla ha dado fruto, aún no la acaba de sembrar y ya me está dando frutos, y aun más, si alguna persona se volviera Bobo como yo y se dedicara solamente a sembrar sin esperar los frutos sería el más maravilloso de todos los frutos que yo hubiera obtenido, porque siempre esperamos algo a cambio de lo que hacemos, porque siempre queremos que se nos devuelva igual que lo que hacemos. Esto, desde luego, sólo cuando consideramos que hacemos bien, y olvidándonos de lo malo que hacemos. El Gobernador le miró asombrado y le dijo: ¡Cuánta sabiduría y cuánto amor hay en ti!, ojalá hubiera más como tú en este mundo, con unos cuantos que hubiese, el mundo sería otro; Más nuestros ojos tapados con unos velos propios de la humanidad, nos impiden ver la grandeza de seres como tu. Ahora me retiraré porque, si sigo conversando contigo, terminaré por darte todos mis tesoros, aunque sé que los emplearlas bien, tal vez mejor que yo. ¡Qué él Eterno te Bendiga!. Y terminado esto, partió el Gobernador junto con sus ayudantes, y el Bobo siguió sembrando y no se supo de su fin.
Esta historia sirve para ilustrarnos lo que muchos seres hacen en este mundo, pero callados, sin esperar recompensa y he aquí que se requieren muchos Bobos en el mundo, seres que repartan la Luz, que den la enseñanza, que sean guías en este mundo tan hambriento de las enseñanzas espirituales.

La Biblia dice: Pues para esto fuiste llamados porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.

Dios te bendiga
A.S.

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